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Primeros amoríos, ¡cuánto tenemos que aprender de los niños!

primer amor

En pocos días llegará la primavera, y con ella las flores, los árboles despertando, los niños correteando y… ¡el amor! Hoy quiero hablaros de amores, de niños y de lo mucho que tenemos que aprender de ellos. Por qué será que a medida que cumplimos años nos volvemos así,… ¡adultos! ¿Será verdad eso de que perdemos neuronas?

Los que me seguís desde hace tiempo seguro que os acordaréis de que mi hijo tiene un amorcito desde que comenzó el colegio. La cosa empezó allá por primero de Infantil, a sus 3 dulces e inocentes años. Aquella chica pizpireta, risueña y algo chicazo lo cautivó desde el minuto uno. Jugaban juntos dentro del cole y poco a poco fueron también compartiendo tardes de parque, celebraciones de cumpleaños y fines de semana. Eran tal para cual.

En segundo de Infantil, 4 años, empezaron a oírse los primeros rumores de noviazgo. Sonrisas pícaras y amiguitos más espabiladillos que ellos fueron dejando caer que ¡eran novios! Y ellos no negaron los rumores, ya se sabe que el que calla otorga.

Y ya en tercero, con 5 años y mucha madurez (por favor nótese el tono irónico) proclamaban a los cuatro vientos que eran novios, se querían e incluso hacían planes de vida en común, boda e hijos.

Sí, queridos amigos y amigas, el amor y su locura hicieron presa de nuestros pequeñuelos. No os digo más que hasta su pediatra (que comparten) era testigo de esta relación. Por fortuna mis consuegros son gente maja y hemos llevado todos este idilio de una manera muy amigable.

Pero, ¡ay amigos!, llegó Primaria y con ello un cambio de clase, ya no estaban juntos, y aunque fuera del cole se siguieron viendo yo creo que eso comenzó a distanciarles un poquito. Bueno, eso y el fútbol, las cosas como son. Mi chico ya no quería cuentas con las chicas, él sólo quería fútbol con los amigotes. Qué poco evolucionamos, ¿no? Suena tan típico que da hasta miedito. Las chicas dijeron ‘paso de fútbol’ y se dio aquello de: las chicas con las chicas y los chicos con… el balón.

Ya nadie hablaba de noviazgo, aunque mi Rayo seguía teniendo predilección por ella y siempre andaba pendiente por si la muchacha necesitaba algo. Pero hace unos días nos hacía una dura confesión: “Mamá, X. y yo ya no somos novios”. ¿¿¿Cómo???? Muerta me quedé, después de tres largos cursos de relación, después de que las familias nos conociéramos, después de tantos días de parque, tardes de Wii, después de tanto amor, ¡ya no son novios!

En mi afán por saber, pero disimulando por aquello de no hacer leña del árbol caído, fui haciendo algunas preguntas estratégicas que desvelaron lo sucedido: El amiguito A. fue con el cuento de que la novieta X. se había dado un beso en el patio con otro niño de su clase L. Cuando Rayo se enteró de esto comprendió que X. ya no quería seguir siendo su novia y aceptó la situación estoicamente. Pero eso sí “seguimos siendo amigos mamá”. De nuevo muerta me quedé. Sin rencores, sin malos sentimientos. Ahí mi niño, portándose como un hombre, ¡pero de los de verdad! A pesar del balón, del clan del fútbol y del grupo de chicos, se ha portado como un señor.

Ahora sólo el tiempo dirá si esta relación resucita o se queda como ‘la historia de un primer amor’. Sólo os digo que hay una señorita frotándose ya las manos y tendiendo su tela de araña por si mi pobre niño cae. Lo dicho, ¡love is in the air!

Suéltate. Sé feliz.

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Dejemos que nuestros peques se emocionen. Que rían, que lloren, que se pongan ante el peligro. Que sientan el placer, el miedo y el dolor. Que no dejen de emocionarse. Así conseguirán ser más felices.

Porque, aunque parezca contradictorio, las emociones, esas respuestas de nuestro organismo ante ciertos estímulos, nos pueden ayudar. Y mucho.

Al contrario que pasa en otras especies, nuestras emociones no son solo unos mecanismos inconscientes, sino que podemos expresarlas, analizarlas y entenderlas. Lo que se llama inteligencia emocional.

Además, ¿sabías que las emociones son la base de la mayoría de las decisiones que tomamos?

Por eso la educación emocional es tan importante desde la infancia y está ganando adeptos día a día.

Para desarrollarla no basta con saber controlar nuestras emociones, sino que hay que tener en cuenta las competencias emocionales,  que nos ayudarán a ser capaces de entender las emociones de los demás. De esta forma conseguiremos sentirnos mejor con nosotros mismos y con los que nos rodean.

Por todo esto es importante educar las emociones desde la infancia con juegos, proponiéndoles nuevos retos a los peques, estimulando su curiosidad, practicando la empatía, potenciando su aprendizaje y, en definitiva, haciendo que sean más felices.

¿Qué no quieren lavarse los dientes? ¿Se enfadan cuando ven un cepillo de dientes delante? Pues juguemos, experimentemos y hagamos que se convierta en una actividad agradable.

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