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Enredadas en las redes sociales

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No sé ustedes pero yo desde que comenzó el auge de las redes sociales me he vuelto una cotilla de campeonato. Soy una vieja pelleja tras el visillo de lo “on line”, espiando a los vecinos de urbanización y las fotos que cuelgan en sus muros. Tal es el vicio, que cuando conozco a alguien lo primero que hago es correr a ver su perfil antes siquiera de estrechar su mano. Me servirá para ver cuánto me puedo fiar de él en función de cuánto expone de sí mismo. Peligroso, lo sé. Pero tan divertido…

Porque por cotilla a veces hago descubrimientos maravillosos y otras me doy sustos gordos. Hace días vi el perfil de la nueva profesora de gimnasia del colegio de mis hijas y no pude evitar abrir la boca con pasmo. ¡Su novio es tatuador! ¡Y le llama cari! ¡Y tienen doce gatos!

Yo, que no soy nada prejuiciosa y creo en la entera libertad individual, no he tenido más remedio que sacar inmediatamente a mis hijas de gimnasia y apuntarlas a Yoga infantil, clase impartida por un profesor hippie que no cree en esto de la era de la información y no se cepilla el pelo desde que salió el One Touch Easy en 1998. Por más que he buscado no he encontrado ni un solo dato suyo en la red. Que puede ser un secuestrador eslovaco camuflado, pues mira, puede, pero mientras yo no lo sepa…

Me pregunto a mí misma con cierta insistencia qué haré cuando ellas tengan edad de teclear mi nombre en un buscador y echen un vistazo al histórico de su madre a través de la información que circule por internet. ¿Les gustarán los artículos que compartí, las fotos que retoqué, los comentarios que recibí o la gente a la que juzgué? ¿Les será útil para conocer mejor a la mujer que fue su madre, se asustarán o almacenarán material para extorsionarme?

Me pregunto también, cómo no hacerlo, de qué forma gestionarán ellas su imagen y sus relaciones a través de la pantalla de un ordenador, de un teléfono móvil o de un trigametador de partículas, vaya usted a saber lo que nos depara la tecnología futura. Este ansia mía por saber me devuelve a la memoria los métodos de control de mi madre, que consistían básicamente en sentarse a mi lado mientras cenaba tras salir con mis amigos, encender el flexo e interrogarme pausada y comprensiva durante seis largas horas. La información que ella obtenía dependía en todo momento de lo que yo estuviera dispuesta a contar para liberarme y poder recostarme en la cama a rebajar los efectos de ese último refresco de cola que me había sentado fatal. Quizá hablara con las madres de mis amigas, quizá me siguiera por la calle cincuenta pasos por detrás, pero el grueso de la comunicación dependía de nosotras mismas.

Intuyo que ya no es así.

Sé que en el futuro tendré información sobre mis hijas a sólo un golpe de clic, sé que podré controlar sin ser vista, revisar, curiosear y preocuparme a mis anchas, mientras trato de apuntarme a todos los cursos 6.0 que imparta el IMSERSO para no quedarme atrás.

Espero que lo aprendido en lomo propio en el pasado me permita ayudarlas a crear un buen perfil personal de sí mismas, a elegir la tipografía, la cabecera y la imagen que quieran mostrar, a bloquear a amigos que un día dejaron de serlo y a descubrir opiniones e ideas de desconocidos que les ayuden a crecer y a madurar. Me gustará que den Like a cuantas cosas les sucedan en la vida, que disfruten, que vivan a tope, que no quieran ser las reinas del chat, que compartan contenidos y que nunca se dejen trolear. Que sean #felices y qué leches, puestos a pedir, que consigan hacerlo viral.

Agua con jabón

burbujas

La habitación de Dani parecía una auténtica tienda de juguetes, de esas de estanterías altísimas y pasillos larguísimos. Al peque de la casa no le faltaba de nada: ositos de peluche, otros a los que por su tamaño no se debería llamar “ositos”, coches de carreras, de bomberos, antiguos… Pero por encima de todos ellos, el que más le gustaba a Dani era aquella pequeña botella de plástico de colores llamativos.

Casualmente, no era los colores lo que le atraían, sino ese misterio de la ciencia que le permitía hacer burbujas voladoras. Cada vez que destapaba la botella, acercaba a la boca al artilugio que iba unido al tapón y soplaba, su cara irradiaba felicidad.

Agua y jabón, ahí estaba la clave, pero a Dani nadie se lo había explicado. Eso sí, su madre le había repetido mil veces lo importante que era el agua y el jabón antes de cada comida y después de ir al lavabo. Pero el pequeño Dani no tenía ningún interés en lavarse las manos. Es más, parecía siempre dispuesto a ensuciárselas más de la cuenta.

Al borde de la desesperación, su madre por fin dio con la solución. “¿Cuál es tu juguete preferido, Dani?”, le preguntó. “Las burbujas, ¿verdad? ¿Cómo te lo pasas de bien con tus burbujas? Pues lo que va dentro de la botella es agua con jabón, con eso haces las burbujas. Y, si a ti te gusta tanto, seguro que tus manos se lo pasan muy bien si las lavas con agua y jabón, ¿verdad? ¡Voy a enseñarte a hacer burbujas con las manos!, ¿te apetece?”.

Luis respondió con una carcajada. Cómo no iba a gustarle a sus manos el agua con jabón si él se lo pasaba pipa. Y cómo no iba a disfrutar él si ahora ni siquiera iba a necesitar una botella para hacer las burbujas.

Para su madre esta era una preocupación más, pero ni de lejos una de las importantes. Lo que ella no sabía es que para un niño lavarse las manos con agua y jabón puede disminuir la incidencia de diarrea en un 50% y de infecciones respiratorias como la neumonía (primera causa de muerte de niños menores de 5 años) entre un 21 y un 45%. Y aún hay más: según estudios recientes esta práctica podría reducir el ausentismo escolar en un 42%.

Algo demasiado importante como para dejar el agua y el jabón solo para soplar y hacer pompas.

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