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Agua con jabón

burbujas

La habitación de Dani parecía una auténtica tienda de juguetes, de esas de estanterías altísimas y pasillos larguísimos. Al peque de la casa no le faltaba de nada: ositos de peluche, otros a los que por su tamaño no se debería llamar “ositos”, coches de carreras, de bomberos, antiguos… Pero por encima de todos ellos, el que más le gustaba a Dani era aquella pequeña botella de plástico de colores llamativos.

Casualmente, no era los colores lo que le atraían, sino ese misterio de la ciencia que le permitía hacer burbujas voladoras. Cada vez que destapaba la botella, acercaba a la boca al artilugio que iba unido al tapón y soplaba, su cara irradiaba felicidad.

Agua y jabón, ahí estaba la clave, pero a Dani nadie se lo había explicado. Eso sí, su madre le había repetido mil veces lo importante que era el agua y el jabón antes de cada comida y después de ir al lavabo. Pero el pequeño Dani no tenía ningún interés en lavarse las manos. Es más, parecía siempre dispuesto a ensuciárselas más de la cuenta.

Al borde de la desesperación, su madre por fin dio con la solución. “¿Cuál es tu juguete preferido, Dani?”, le preguntó. “Las burbujas, ¿verdad? ¿Cómo te lo pasas de bien con tus burbujas? Pues lo que va dentro de la botella es agua con jabón, con eso haces las burbujas. Y, si a ti te gusta tanto, seguro que tus manos se lo pasan muy bien si las lavas con agua y jabón, ¿verdad? ¡Voy a enseñarte a hacer burbujas con las manos!, ¿te apetece?”.

Luis respondió con una carcajada. Cómo no iba a gustarle a sus manos el agua con jabón si él se lo pasaba pipa. Y cómo no iba a disfrutar él si ahora ni siquiera iba a necesitar una botella para hacer las burbujas.

Para su madre esta era una preocupación más, pero ni de lejos una de las importantes. Lo que ella no sabía es que para un niño lavarse las manos con agua y jabón puede disminuir la incidencia de diarrea en un 50% y de infecciones respiratorias como la neumonía (primera causa de muerte de niños menores de 5 años) entre un 21 y un 45%. Y aún hay más: según estudios recientes esta práctica podría reducir el ausentismo escolar en un 42%.

Algo demasiado importante como para dejar el agua y el jabón solo para soplar y hacer pompas.

Y las mamás, ¿no tenemos periodo de adaptación?

agenda

Llevamos poco más de un mes de colegio y no sé vosotras, pero yo ya ando agotada. No sé por qué, pero me está costando coger el ritmo al nuevo curso. Comencé septiembre con cierta pereza por iniciar la rutina del colegio. Poco a poco me fui habituando pero claro, no teníamos aún actividades extraescolares. Pero octubre no se ha hecho esperar y ¡ay amiga!, ha llegado pisando fuerte y mamá, ¿qué hace? Correr de aquí para allá todo el santo día.

Mi reloj hace tilín, tilín, cada mañana a las 6:30 horas. Puntual canta el gallo de lunes a viernes sin olvidarse ningún día y ahí comienza mi maratón. Tengo previsto cambiar pronto el sofá del salón, aunque sinceramente no sé cómo se ha desgastado tanto si, al menos por mi parte, ni lo huelo entre semana. No sé lo que es sentarse a tomar un café ni a media tarde. El inicio de la rutina completa para estrenar el otoño me está dejando K.O. ¿Acaso pretendo abarcar demasiado?, ¿o es que las mamás necesitamos también un periodo de adaptación?

A veces necesito parar, en medio del día, para tomarme un descanso, pero no de tirarme en el sillón, sino de huir de aquello que esté haciendo y romper la rutina: un café con mis amigas, como hice la otra tarde para desconectar, una escapada con otra mami para echar unas risas, una llamada a ese alguien de confianza para que te escuche.

El problema viene, creo yo, en que todo el mundo espera de ti el máximo y a veces no se dan cuenta de que no hacen más que pedir. ¿Por qué todo el mundo cree que siempre podrás contestar al instante? Llámalo trabajo, pareja, hijos, amistades….. Bien es cierto que una siempre intenta estar accesible y dispuesta para lo que surja, para ayudar, para cumplir, para que todo fluya. Pero todo tiene un límite.

Soy mujer, soy madre y sí, lo parece, pero ¡no tengo súper poderes! Organizo mi agenda como un puzzle de mil piezas cada día, donde logro que todo encaje a la perfección. Y si alguna pieza se me ha descarriado lo soluciono al final del día. No hay nada al azar.

Llevo tres agendas: La agenda de mi trabajo donde todo queda apuntadito pues esta vida que llevo me está dejando memoria de pez. La agenda con las cositas del niño, donde apunto sus actividades, las reuniones del cole, los deberes y tareas de música, sus médicos y demás detalles que sólo tienen que ver con él. Y por último la agenda de mi casa, donde apunto la lista de la compra de la semana, los menús a hacer de lunes a viernes, citas tipo revisión del gas o tareas como pagar el impuesto de basuras. Sí, lo sé, aunque parezca muy organizado es demencial. Pero así soy yo, sino lo apunto, lo olvido.

¿Esto es la locura de la maternidad? ¿O es que nos están vendiendo la moto con la conciliación? Yo no concilio, así de claro, yo sólo sumo tareas a mis agendas. Y a poco que me ponga me creo una cuarta, sin pudor.

Lo que tengo claro es que esto no podré mantenerlo durante mucho tiempo, porque todo tiene un límite. Me gustaría lanzar un mensaje a ese mundo que me rodea para pedirles un poco de calma, ¡por favor parad! Vivimos acelerados y quizá nuestros hijos aprendan ese estilo de vida a la carrera, porque es lo que ven.

¿Acaso no podemos vivir de otro modo? ¿Acaso no hay alternativa?

¿Tú vives sin correr?, ¿no tienes agenda? Cuéntame tu secreto porque necesito cambiar mi ritmo de vida. ¿O vives como yo?, si es así, qué se te ocurre para conseguir un poquito de calma en nuestras vidas. ¡Acepto todo tipo de sugerencias!

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