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El mundo al revés
En los primeros años de la década de los 70, las cosas eran muy diferentes. Una corriente de arte urbano que había empezado en los 60 en Filadelfia comenzaba a extenderse por todo el territorio de Estados Unidos: el grafiti.
Su primera parada fue en Nueva York, más concretamente la subcultura cuajó entre los jóvenes del lado superior del oeste de Manhattan. Pero fue en el Bronx, Queens y Brooklyn donde adquirió mayor importancia.
Como toda clase de arte, las inscripciones que los primeros grafiteros colocaban en los edificios han ido evolucionando con el paso del tiempo, tanto en su forma como en su técnica y emplazamientos. Si primero eran simples firmas en las paredes, después comenzaron a estar acompañadas por diferentes elementos (nubes, coronas…).
Uno de los momentos cumbre fue la entrada de los tags (etiquetas, firmas o acrónimos de una persona o un grupo) en los trenes del metro de Nueva York. Los primeros artistas firmaban en el interior de los vagones y más tarde pasaron a pintar los exteriores por completo.
Para algunos, este tipo de expresión artística no hacía sino “ensuciar” espacios públicos y crear entornos desagradables.
Y tomando esta reflexión popular, el grafitero Paul Curtis (aka Moose) le ha dado totalmente la vuelta al concepto del grafiti, dejando a un lado los espráis, rotuladores, pinturas y demás productos utilizados hasta el momento.
Él practica lo que algunos han coincidido en llamar “grafiti inverso”: crear arte eliminando el polvo y la suciedad de los lugares públicos.
Si, por lo general, las autoridades tienen bastante claro cómo actuar ante este tipo de actos “vandálicos”, en el caso de Moose, el Ayuntamiento de Leeds ha estado considerando qué hacer con el artista, ya que lejos de ensuciar la vida urbana, armado con agua y un cepillo para limpiar zapatos, realiza un servicio a la comunidad limpiando allá donde va.
¿Se nace o se hace?
Cuando el pequeño Miguel comenzó a soplar el viejo clarinete de su abuelo, todos se quedaron asombrados. Tenía tan solo 3 años de edad cuando agarró aquél viejo instrumento por primera vez, pero parecía que llevaba en su interior a un auténtico maestro de la música. Como si una extensa carrera musical labrada durante años lo sustentara, sus movimientos eran acompasados y desprendía la pasión propia de los grandes genios cada vez que sus mofletes se llenaban de aire y este comenzaba a salir de su boca en dirección a la boquilla.
Después de perfeccionar su técnica durante años, llegó a la cima, interpretó a todos los grandes compositores, desde Mozart a Claude Debussy, pasando por Ígor Stravinski o Luciano Berio.
Esta historia podría ser la de uno de esos casos en los que un niño de corta edad tiene un dominio propio de un adulto en un determinado campo científico o artístico. Es lo que llamamos un niño prodigio.
Pero ¿es posible que una persona que no posee estas cualidades innatas pueda convertirse en un auténtico genio y referente a nivel mundial en una determinada especialidad?
En el caso de la música, uno de los más estudiados a lo largo de la historia, existe una cierta tendencia a afirmar que es una condición natural, pero el neurocientífico Gary Marcus, de la Universidad de Nueva York, realizó una investigación para conocer si esta habilidad podría ser adquirida a base de aprendizaje.
Para ello encontró al mejor conejillo de indias, él mismo. Un apasionado de la música, pero con grandes dificultades para interpretarla.
Comenzó a tomar clases de iniciación con los métodos más conocidos y mejor desarrollados, completándolos con descubrimientos científicos que muestran cómo algunas habilidades son adquiridas en la edad adulta.
Así Marcus llegó a la conclusión de que para aprender una nueva habilidad hay que tener en cuenta 2 premisas: la práctica cotidiana y la dosificación correcta de los niveles de dificultad para comenzar el aprendizaje (como en los videojuegos, si el individuo encuentra algo sumamente difícil, abandona el reto).
Esto quiere decir que quizá nuestra boca no esté preparada para convertirnos en el nuevo Karl Leister, pero con esfuerzo y dedicación, nuestras capacidades pueden superar límites que parecen inalcanzables.


