Sobre prejuicios, niñas y botas de fútbol…

niñas y fútbol

Aquí donde me ven, yo era una futbolera empedernida, más de sofá y aceitunas, todo sea dicho, pero futbolera al fin y al cabo. Compré banderolas, me bañé en las fuentes, iba al estadio a discutir con los expertos qué insulto era más adecuado gritar al árbitro… Qué tiempos. Aún recuerdo esa final del 98 con la Juventus: Illgner, Panucci, Hierro, Sanchís, Roberto Carlos, Seedorf, Redondo, Karembeu, Raúl, Morientes, Mijatovic y gooooool. Tres días tardé en recuperar la voz.

A medida que fui cumpliendo años y fui teniendo hijas, la ilusión por el fútbol pasó a un segundo plano, reduciéndose mi atención a las grandes finales o a los fichajes de cuerpo más escultural. Que, oiga, el ser madre quizá dañe el suelo pélvico, pero jamás la vista.

Nada hacía presagiar lo que pasaría el mismo día en que mi hija mayor cumplió los 7 años de edad. El mes pasado, vamos.

Sentadas bajo una acacia, trenzando collares de flores, le pregunté a mi niña: ¿Qué quieres de regalo de cumpleaños, mi amor? Unas botas de fútbol, contestó ella. ¿Para qué?, pregunté estúpidamente yo. ¿Para qué va a ser, mamá? Para jugar…

Mi niña de inmensos ojos azules y pelo sedoso, etérea y mística, que oye el aire y el agua correr y puede pasarse así interminables minutos, mi niña la que dibuja nubes con los dedos, ésa, quiere jugar al fútbol. Tardé en asimilarlo, no crean que fue fácil, no. Dudé luego entre alegrarme o sacarle la idea de la cabeza y regalarle algo rosa, que es lo que más les gusta a las niñas de 7 años, todo el mundo lo sabe.

Opté por dejarlo correr porque pensé que se le pasaría, pero al llegar a la sección “Deportes” y ver la luz que inundó su cara cuando pasamos frente a las F5 Junior Turbo Predator sin tacos, supe que era inútil oponerse. Una semana después, me pidió que la apuntara a clases. ¿A clases? ¡Un momeeento! Que una cosa es ponerse unas botas para pelotear en el jardín y otra muy distinta emocionarse ¿Qué será lo próximo? ¿Competir? ¿Federarse? Ay, mi madre.

¿Y si el niño gordo la empuja y me la tira al suelo raspándole peligrosamente las rodillas? Peor aún ¿y si el deporte extremo y de élite propio de la actividad extraescolar le hace desarrollar un cuerpo viga y termina pareciendo un tronco de árbol con vestido y gemelos gordos? Todo esto pensé pero nada dije.

El día que estrenó las botas, lo hizo como lateral estrella en el jardín de casa, cumpliendo a la perfección el doble rol de defensa y subida, distribuyendo hábil el juego a distancia y enviando centros al área rival con una habilidad pasmosa. La vi luchar, decidir en segundos, dejarse la piel y deshacerse la coleta, tirándose al suelo y luchando cada balón como si le fuera la prima en ello.

Dos veces dos quise agarrar del pelo al niño de los vecinos que no paraba de hacerle entradas frontales, ante la atenta mirada del padre de la niña, y a la sazón marido mío, que apenas me dejó gritar. Terminó el partido, los niños la felicitaron y entonces pude verla feliz, mayor y tremendamente orgullosa de sus propios logros. En ese mismo instante prometí comerme todos mis miedos y no compartirlos con ella, para que nunca sepa que su madre se ha convertido en una vieja pelleja llenita de prejuicios.

Eva Quevedo

Eva Quevedo

Publicitaria de profesión y vocación, CM, madre acróbata y bloguera. Eva y su Blog De Madre desprenden ironía en cada una de las historias que nos cuentan. Todo “buenrollismo”, como dice ella. Su blog dio el salto de la red a las tiendas al editar un divertido libro con Plaza&Janés. Una forma de sacarle punta a la maternidad y de curar el caos cotidiano a base de amor, humor y un poquito de locura.

  • madreinargentina

    Si hay algo difícil de lograr es vencer los prejuicios o (en su defecto) tragárselos bien tragaditos. Nos ponemos como locas cuando algún padre/madre ve con malos ojos que su niño juegue con muñecas y ahí andamos nosotras, alentando vidas rosas de princesas.
    Felicitaciones a la niña por su destreza y a la madre por aceptar el nuevo hobbie calladita y sin chistar.
    Besotes!

    27 Junio, 2014 at 8:27 pm Responder
    • Eva

      ¿Olvidé decir que las botas son fucsias? Hombre, que una cosa es una cosa y otra muy distinta que las botas sean negruzcas y sin ningún colorito que le alegre el pie 🙂 🙂

      16 Julio, 2014 at 8:11 am Responder
  • Belén

    Ayyyy vieja pelleja, cuanto tenemos que tragar las madres. Ánimo guapa 🙂

    14 Julio, 2014 at 5:58 pm Responder
    • Eva

      …. y lo que nos queda….!
      Que en unos años será el tatuaje de mariposa en el hueso de la cadera y dios sabe qué y cuántas locuras más… 🙂

      16 Julio, 2014 at 8:13 am Responder
  • Verónica

    Lo has bordado!! Yo que siempre grité a los cuatro vientos que sería una mamá “progre”, y hoy, con un bebé de apenas un año, ya me he visto a mi misma con algún que otro prejuicio asomando…miedo me doy!!

    Enhorabuena por el artículo y por tu blog!!

    24 Julio, 2014 at 3:39 pm Responder
    • Eva

      Mil gracias, Verónica, me alegro infinito de que te guste.

      24 Agosto, 2014 at 9:23 am Responder

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