Un compañero silencioso llamado estrés

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En esta sociedad de hoy en día utilizamos la palabra estrés de una manera muy amigable. Parece que forma parte de nuestras vidas, de nuestra rutina, participa en nuestro día a día y llega a ser uno más en la familia. Aunque yo creo que utilizamos el término muy a la ligera. Puede que vayamos con prisas, que seamos multitarea, que tengamos mil cosas en la cabeza, que en algún momento el cansancio nos pueda o incluso que perdamos los nervios. Pero, ¿cuándo realmente podemos afirmar que estamos estresados?

El estrés es un compañero sigiloso y sibilino que aparece sin que te des cuenta y se cuela en tu interior sin pedir permiso. Entre rutinas y nervios; entre prisas y exigencias; entre medias de la no conciliación a la que nos vemos sometidas las madres. Pero se queda ahí, quietecito haciendo su labor, instalándose cómodamente en tu mente, en tu cuerpo y alimentándose de lo que más valoras: tu salud.

Al principio pasará desapercibido y, por supuesto, nosotros justificaremos sus primeras trastadas: es que llevo una temporada que no sé dónde tengo la cabeza (olvidos frecuentes); me acuesto tan cansada que al final me desvelo y no descanso (insomnio); a ver si me acerco al fisioterapeuta porque tengo una contractura en cuello y espalda tremenda (tensión muscular); me acabo de dar cuenta de que hace casi un mes que ni me paso por el gimnasio (mala organización de las mismas tareas de antes). Y así, un suma y sigue. Poquito a poquito se va haciendo un chalet de dos plantas en lo que viene a ser tu salud mental y física. Y llega un día donde te encuentras más tranquila, donde has conseguido ordenar tu semana y hasta has sacado tiempo para que te den un buen masaje y te has acercado al gimnasio a recuperar el tiempo perdido. Hasta le has contado a tu amiga aquello de ¿estrés? Si yo ahora estoy muy tranquila. Y justo ahí te pega un zasca en toda la boca y empiezas a estar mal, pero mal de verdad: que si la contractura se convierte en neuralgia, que si comienzas a tener cefaleas que arrastras durante un mes, que si eres incapaz de concentrarte porque no eres capaz de poner orden en tu trabajo y ni hablar de orden doméstico.

Paras, miras hacia adentro preguntándote qué narices está pasando y lo ves, pero aún lo pones en duda. Jolín, una mala racha física la tiene cualquiera y eso contribuye a que mentalmente estés alterada. Pero por más que te medicas, por más masajes, por más remedios de todo tipo la cosa no mejora. Incluso comienzas a tener una preocupación verdadera por si hay algún problema de salud que se te esté escapando. Y entonces tiras por otras vías que te ayudan a relajar, no sólo el cuerpo, sino también el alma. Y para colmo te das el lujo de descansar -el lujo sí, porque para un autónomo cogerse días libres es casi un despilfarro-; y entonces, cuando te olvidas del mundo, de la rutina, del trabajo, de que el niño tenía consulta con el dentista, de los deberes, de la compra semanal, y de las mil historias que te ahogan, el maldito dolor de cabeza, de cuello, de espalda desaparecen como por arte de magia.

Vuelves a mirar hacia adentro y lo ves claro. No se trataba de unas semanas durillas, de un poco de cansancio acumulado, es que Mr. Estrés se había hecho un chalet de dos plantas con piscina y pista de pádel. Vamos que campaba a sus anchas porque yo y solo yo se lo había permitido.

Sí, estoy estresada y no puedo hacerme la inocente pregunta de ¿qué ha pasado? O ¿cómo he llegado a esto? Porque hacía ya mucho que la meditación, el yoga, los masajes o ese tiempo para mí que tanto he defendido siempre habían desaparecido de mi calendario. A cambio había ido sumando más y más cosas, cosas de las que ya no era capaz de ocuparme. Pero a veces no sabes parar a tiempo.

El estrés es traicionero. Se colará sin que te des cuenta y te hará pedazos si se lo permites. Si ya has notado las primeras señales de alarma, párate, mira hacia adentro y empieza a poner remedio.

Belén Pardo

Belén Pardo

Se convirtió en madre en el 2007 y desde entonces está empeñada en sacudirse todos los complejos y los convencionalismos que acompañan a la maternidad. Psicóloga de formación y freelance dedicada a la comunicación en la actualidad, ha dado mil y una vueltas en el terreno laboral para poder conseguir la ansiada y casi imposible conciliación. Mamá sin complejos es una bitácora donde plasma sus opiniones y reflexiones sobre crianza, educación y psicología, entre otros muchos temas.

  • Silvia Cantos

    Como higienista dental, he de decir que cada vez se ven más casos en la consulta dental de bruxismo, provocado por el estrés y del terrible ritmo de vida que llevamos. Por lo tanto intentemos poner remedio, es bueno acudir al dentista de confianza para que valore el caso de cada uno y de ser necesario nos indicará el uso de una férula de descarga, que aliviará los efectos negativos que el bruxismo puede provocar en nuestro organismo.

    18 mayo, 2016 at 11:08 am Responder
  • Noelia - Golosi

    Cualquier pequeña “tontería” acaba convirtiéndose en un generador de estrés, todo por nuestro estado previo, que parece que ya no sabemos vivir de otra forma. Y lo peor es que lo pagamos con salud, pero también con los que os rodean.

    23 mayo, 2016 at 12:12 pm Responder
  • Carmen

    Estoy de acuerdo contigo, pero es tan complicado librarse del estrés!. Yo tengo 3 hijos, trabajo fuera d casa y siempre tengo la mente funcionando y no paro. Menos mal que pronto llegan las vacaciones!.

    22 junio, 2016 at 4:26 am Responder

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