Cicatrices o lecciones de vida

amor maternal

Las cicatrices son señales que la vida te deja para recordarte que has dado un paso hacia adelante, que has vencido, que eres más fuerte. Esas cicatrices pueden ser físicas o emocionales, las últimas no las ve nadie o sólo las ven quienes te conocen y quieren de verdad. Pero las físicas, las que menos deberían doler, las que menos deberían importar, son las que todos ven, las que todos miran, las que pueden llegar a avergonzarte o acomplejarte.

Cuando nos convertimos en madres –o padres– intentamos inculcar una serie de valores a nuestros hijos, creencias, ideas que les hagan buenas personas. Queremos que tengan claro lo importante de la vida, que dejen a un lado las apariencias. Eso entre otras muchas cosas, ¿verdad? Mientras son pequeños muchas veces dudamos de que todas esas enseñanzas estén arraigando bien en su personalidad, no es fácil verlo, no podemos palparlo. Pero a medida que se van haciendo mayores empezamos a ver atisbos del adulto en que se convertirán. Y ahí es donde puedes empezar a analizar, ahí encontrarás las pistas que te dirán si lo estás haciendo bien o si debes variar o mejorar el rumbo.

Ha sido él, mi hijo de 8 años, quien me ha dado una valiosa lección no hace mucho. Y me la ha dado gracias a lo que su padre y yo le hemos enseñado. Podríamos decir, en un tono coloquial, que me ha dado un zas en toda la boca. Y no sé por qué me da, que no será el único. Cuánto me queda por aprender o reaprender a su lado.

Como sabéis recientemente me han sometido una operación de tiroides, lo que ha dejado una visible cicatriz. También sabéis que mi hijo ha pasado por diversas operaciones debido a una hidrocefalia sufrida al nacimiento lo que ha provocado que tenga no pocas cicatrices repartidas por todo su cuerpo, señales que un día le pesaron pero de las que hoy se siente orgulloso. Cuando tenía tan sólo 6 años no entendía por qué tenía aquellas marcas que todo el mundo miraba y por las que todos preguntaban. Yo le expliqué que sus cicatrices le hacían sumamente especial puesto que gracias a ellas, gracias a esas operaciones hoy era un niño feliz, un niño sano como el resto de sus amigos. Sus cicatrices eran sus victorias en la vida, eran el indicativo de que habíamos salido adelante por lo que nunca debería ocultarlas sino sentirse muy orgulloso. Aquello que un día le enseñé caló y dejó de preocuparse porque otros le mirasen. A día de hoy cuenta sin pudor y muy orgulloso su historia cuando alguien le pregunta.

Hace unas semanas fue él, mi hijo de 8 años, quién me dio una lección de vida, o mejor dicho quien me devolvió esa enseñanza que yo había olvidado. Cuando me quitaron los puntos quise la mejor crema para cicatrices, los mejores parches para borrar lo antes posible aquella señal que, a mis ojos, afeaba mi cuello. Y sorprendido, mi hijo me preguntó “pero mamá, ¿te avergüenzas de tu cicatriz?”. ¡Zas! En toda la boca, y bien merecido.

No hijo mío, no me avergüenzo, no debo, no tengo por qué, tienes toda la razón. Esta marca en mi piel debe recordarme, cada vez que la vea reflejada en el espejo, la suerte que he tenido porque gracias a ella seguiré sana para disfrutarte y quererte. Tienes razón, mi cicatriz no me afea sólo puede embellecerme porque gracias a ella puedo seguir sonriendo.

Lecciones de vida que das a tus hijos y ellos te devuelven. Así es la maternidad.

Belén Pardo

Belén Pardo

Se convirtió en madre en el 2007 y desde entonces está empeñada en sacudirse todos los complejos y los convencionalismos que acompañan a la maternidad. Psicóloga de formación y freelance dedicada a la comunicación en la actualidad, ha dado mil y una vueltas en el terreno laboral para poder conseguir la ansiada y casi imposible conciliación. Mamá sin complejos es una bitácora donde plasma sus opiniones y reflexiones sobre crianza, educación y psicología, entre otros muchos temas.

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